
Junio en Buenos Aires, época de Sudestada. Viento frío que viene desde el sur y que va cargándose de humedad hasta que da la vuelta por el río de la Plata y entra a la ciudad soplando temporales. Son varios días de lluvia, viento y frío , en los que nadie tiene ganas de salir de casa para cumplir con sus obligaciones. Sobre todo porque sabemos que llegó para quedarse y acompañarnos con frecuencia hasta que lo eche el calor de la primavera.
La imagen de un plato de sopa calienta el alma y provoca añoranza de comida casera. Aún los más reacios a cocinar sueñan con su olor y su humito reconfortantes.
La mayoría se engaña con una sopa instantánea. Algunos optamos por una solución de compromiso y recurrimos a las bandejitas de vegetales ya seleccionados y cortados que provee nuestro verdulero.
Pero están aquellos afortunados, los ricos de tiempo, que la preparan ritualmente, por lo general los días lunes, eligiendo las verduras, llevándolas a casa para lavarlas, picarlas y rallarlas amorosamente, llenando el caldero que con el simple agregado de agua y sal alumbrará la magia del plato casero por excelencia.




