Tanto como para decidir el futuro gastronómico de Anthony Bourdain o como para dedicarles un libro entero como hizo Mrs. Fisher.
El libro es de 1941 y, al igual que todos los que componen El arte de comer (compendio de sus obras editado en español), resiste perfectamente el paso de los años.
Este es el primer artículo de Ostras, el segundo incluído en ese conjunto de obras de Mary F. K. Fisher, una famosa periodista gastronómica estadounidense, y que bien podría subtitularse: "O de cómo la habilidad del autor convierte a la vida de un molusco en algo digno de ser contado".
Amor y muerte entre los moluscos
Secreto, ensimismado y solitario como una ostra.
Charles Dickens, Cuento de Navidad.
La vida de la ostra es horrible pero emocionante.
Las posibilidades que tiene de vivirla completa son, qué duda cabe, exiguas y, si en las dos semanas de despreocupada juventud logra imponerse a los dardos de su injuriosa fortuna y encontrar un lugar suave y limpio donde fijarse, los años siguientes estarán llenos de sobresalto, pasión y peligro.
Supongamos que ella... pero ¿por qué reducirla a ella, excepto para facilitar el discurso? Casi todas las ostras normales ignoran durante un año entero si son ella o él. Al cabo de ese tiempo, en el que acaso hayan empleado la energía sexual en un extraordinario despliegue de virilidad, bien pueden empezar a poner huevos en cualquier momento. De todas formas, las energías serán igualmente femeninas ya se trate de una ella o de un él; de modo que, si todo marcha bien y la temperatura del agua supera los veinticinco grados, la ostra puede llegar a depositar varios cientos de millones de huevos, a un ritmo de entre quince y cien millones por vez, con un orgullo en absoluto inmerecido.