13 de mayo de 2017

Té galés

Trevelin es una localidad pequeña y amable al pie de los Andes chubutenses. Vecina a ella se encuentra la entrada  sur del bellísimo  Parque Nacional Los Alerces.
Fue fundada oficialmente en 1885 como una avanzada de la colonización galesa que ya ocupaba el valle inferior del río Chubut en el este del territorio, desde el año 1865.
Es un lugar encantador, con buenos servicios y mucho más bonito para hacer base que la cercana ciudad de Esquel (cercano, en términos patagónicos, es algo más de 20 km por la Ruta 40).
Los galeses colonizaron, se integraron y también conservaron muchas de sus costumbres. Hace poco se cumplieron 150 años de la llegada del velero Mimosa a las costas de lo que hoy es Puerto Madryn y el hecho se recordó con muchas notas periodísticas como las de La Nación o incluso BBC Mundo.



8 de mayo de 2017

Cremosos

Una "clínica" de El Comidista (El País, España) para hacer huevos revueltos cremosos y bien a punto. Incluye opciones con ingredientes agregados como espárragos, queso, cebollas o sobrasada. Bien sustancioso, al estilo español.




6 de mayo de 2017

La decisión de ser chef

En entradas anteriores estaba el relato del chef Anthony Bourdain y sus "epifanías gastronómicas".
La historia se cierra con la decisión de estudiar cocina:
"Pasamos el mes de agosto de aquel primer verano en La Teste-sur-Mer, un pequeño pueblo pesquero en la cuenca del Arcachon –Gironda, al sudoeste de Francia- , famoso por sus ostras. Nos alojaron mi tía –tante Jeanne- y mi tío –oncle Gustav- en la misma casa estucada de blanco con techo de tejas rojas, donde de niño veraneaba mi padre. Tante Jeanne era una vieja antigualla con gafas, ligeramente maloliente. Oncle Gustav, un vejete con mono de trabajo y boina, que liaba sus cigarrillos a mano y los fumaba hasta que desaparecía en la punta  de la lengua. La Teste había cambiado poco durante los años transcurridos desde que mi padre pasara allí las vacaciones. Todos los vecinos eran todavía pescadores de ostras. Las familias aún criaban conejos y cultivaban tomates en los patios traseros. Las casas tenían dos cocinas: una interior y otra al aire libre para cocinar pescado. Había una bomba de mano para sacar agua del aljibe y un excusado al fondo del jardín. Lagartijas y caracoles aparecían por todas partes. Las principales atracciones turísticas eran la cercan Duna de Pyla (¡la duna de arena más grande de toda Europa!) y el también cercano pueblo de descanso Arcachon, adonde los franceses acudían en manada durante Les Grandes Vacances. La televisión era el Gran Acontecimiento. A las siete en punto de la tarde –cuando las dos estaciones nacionales iniciaban las transmisiones-, oncle Gustav aparecía solemnemente en la puerta de su habitación con una llave colgada de la cadena que llevaba sujeta a la cadera y, con mucha ceremonia, abría las puertas de la vitrina donde guardaba el aparato.

Segunda epifanía

En una entrada anterior estaba el relato del chef estadounidense Anthony Bourdain de lo que él denomina su Primera epifanía del sabor: la sopa vichyssoise, a bordo del Queen Mary en su primer viaje a Europa a los 9 años.
La historia sigue con más descubrimientos:

"El nombre de la ciudad de mi segunda epifanía gastronómica es Vienne. Habíamos hecho kilómetros y kilómetros para llegar ahí. A mi hermano y a mí se nos habían acabado los Tintín y estábamos de un humor de perros. La campiña francesa con sus preciosas carreteras bordeadas de árboles, los setos verdes, los campos labrados, los pueblos que parecían sacados de un libro ilustrada no nos servían de distracción alguna. Para entonces, nuestros ancestros habían tenido que aguantar semanas de despiadadas quejas a lo largo de muchas comidas, cada vez más tensas y desagradables. Entraron en un restaurante. Para determinada hora encargaron , como es debido, nuestro steak haché, crudités variées, sándwich au jambon y otras cosas por el estilo. Habían soportado nuestras jeremiadas porque las camas eran demasiado duras, las almohadas demasiado blandas, los cabezales, la grifería y los váters demasiado estrafalarios. Nos permitían tomar un poco de vino aguado, para seguir la costumbre francesa pero también, creo, para hacernos callar. A los dos americanitos más cerriles del mundo los habían llevado a todas partes. En Vienne cambiaron las cosas.

5 de mayo de 2017

Los frutos del apetito

Javier Cófreces y Eduardo Mileo escribieron juntos los poemas de Los frutos del apetito, entre 1993 y 1994. 
Lo hicieron combinando cada poema con un texto de alguno de sus autores preferidos y con una frase, también célebre, que acompañaran el tema.
Los organizaron en capítulos: los frutos del aire, para el pan y las harinas; frutos de la sangre, para las carnes rojas; de la tierra, los vegetales; del agua, los pescados; del fuego, el vino y las bebidas espirituosas.
Olvidado en el interior de un viejo disquete, volvió a cobrar vida casi veinte años más tarde (En Danza, 2011).
Un video con la lectura de los autores/compiladores.












Entrenamiento




1 de mayo de 2017

Primera epifanía

En una entrada anterior comentaba el libro Confesiones de un chef, de Anthony Bourdain, donde cuenta "el lado oscuro" de la cocina y de los restaurantes,lo que parece que le costó no pocos enojos y reclamos por parte de sus colegas.

En este párrafo relata lo que considera su primera epifanía gastronómica, el descubrimiento del sabor, algo que lo pondría en el camino de ser chef.
"Tuve el primer indicio de que la comida era algo más que una sustancia para meterse en la boca cuando uno tiene hambre como si cargara gasolina, al terminar el cuarto grado de la escuela primaria. Viajaba con toda la familia de vacaciones a Europa en el en el Queen Mary. Estábamos en el comedor de primera clase. Por ahí tengo una foto: mi madre con gafas de sol Jackie O, mi hermano menor y yo con nuestros lamentables y monísimos trajes de crucero, a bordo del gran trasatlántico de la Cunard. Todos entusiasmados con el primer cruce del océano, el primer viaje a Francia, la tierra ancestral de mi padre.
 Sirvieron la sopa. ¡Una sopa fría!